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viernes, febrero 17, 2012

98 minutos

Faltaban ocho para las seis cuando pasaba la pulidora por la sala de espera 3. Cuatro filas de sillas metálicas colocadas simétricamente para ayudar a crear esa sensación de orden tan imperativa en las clínicas y los hospitales de primer mundo, no tanto en los de este mundo de cuarta o quinta.

Respiró mirando el reloj. < Ésta suena menos triste que la del piso anterior. El aire es más denso en Quemaduras. Queda terapia intensiva compadre. Qué le vamos a hacer, hay que terminar los jueves así >. La misteriosa rotación de los cepillos no era más que el monótono y uniforme movimiento que precedía el partir a casa. No se fijaba mucho en los impacientes acompañantes, le provocaban un pensamiento de andar estorbando, entrometido sin quererlo en los asuntos del enfermo. Era peor cuando le entraba un soplido en el pecho con los que iban solos. Toda la clínica cambiaba un poco de tono si llegaba un caso así a emergencias. A las enfermeras se les notaba más atentas.

Ella no paraba de mover los pies debajo de la silla, arriba abajo arriba,talón empeine talón, hacía veinte minutos que esperaba. A las cinco de la tarde la llamaron para decirle que Ana había tenido un accidente. En los segundos que siguieron sólo pudo rebobinar la voz firme, pero pausada, de la enfermera de Urgencias. La desesperaban las interminables salas, los ascensores antisépticos, ese olor a salud deficiente con aire acondicionado. Lo que alcanzaron a decirle fue que Ana ya estaba en quirófano. Iba sola en el auto y una gandola cambió de canal, su Renault 12 se volteó, chocando contra la defensa. Sin quemaduras pero en "estado delicado", fue lo que resumió el diagnóstico de la jefa de enfermería.

Se comía las uñas y veía el "Por favor guarde silencio" pegado en la pared. No se decidía si era mejor llamar a su hermana o esperar calladamente, el problema es que los recuerdos están creados para hincharse en los silencios. Todo va a salir bien, cómo se le ocurría asustarla así. Desde niñas, a Anita le complacía ver su cara de espanto mientras, untándose de salsa de tomate y acostándose en el patio, llamaba a los zamuros para verlos más de cerca - por supuesto,nunca fueron - pero se entretenía. De pronto imaginarla en esa camilla, anestesiada, derramándose... Todo tenía que salir bien.

6:30 y ya doblaba por el pasillo, en una hora pasaría tarjeta. Caminó a terapia intensiva, tomando con más fuerza el manillar de la pulidora. Alargar el cable y encenderla nuevamente. Una hora, una hora más. Después su hija, invitándolo a hacerse un carro de plastilina y su mujer limpiando los platos, el descanso, la vida. Los cepillos haciendo circunferencias y tres enfermeras corriendo a la 127, no era buen augurio. Otra vez la viuda pegada a la pared, el hijo llorando entre dientes, el abrazo póstumo de rigor.

Mirar el teléfono, abrir el twitter, cerrar sesión, guardar el teléfono. Había que prepararse para los sermones alimenticios. Ana odiaba la comida de hospital, claro, se le entendía. También buscarle una pijama y llamar a su hermana, pero más tarde, para no preocuparla. ¿Cuántas vendas tendría encima? Se quejaría del calor, seguro. Y estar pendiente de la morfina, los antibióticos, recordarle a la enfermera las horas de tratamiento, porque aún malherida y casi inconsciente no perdería su mirada de acuarela, así sin decir absolutamente nada, sólo aguantando con ese gesto estoico que a veces molestaba tanto.

Pasar sin voltear, al lado de la familia, apurando el izquierda derecha para no tener que escuchar el sonido del cierre confinando el cuerpo dentro de la bolsa negra. A la pulidora se le puso la piel de gallina de pensarlo. Llegando a la ventana, aclararse la garganta y apagar la máquina de una vez por todas. 7:30. Ya era hora. Bajando el ascensor, abrirse dos botones superiores de la braga y pasar tarjeta. Mañana a Pediatría, sin soplidos en el pecho ni vacíos en el estómago. Sin el "¿ya se murió?" como tema de salida con los otros de limpieza.

Ella abrigándose en la sala de espera, evitando a una señora gorda sentada en la fila de enfrente buscando conversación. Cuarenta minutos, estas operaciones eran interminables. Había que tomarse un café para aguantar tantos pensamientos juntos. Mientras ella sujeta la cartera un doctor con mono quirúrgico preguntando por algún familiar de Ana Oviedo, y ella levantándose para responder:

-Soy yo. Diga.
-Lo lamento mucho... - dijo juntando las dos manos. Y atravesando la noticia, la señora gorda cayéndose desde la punta de la fila y levantando el resto de las sillas soldadas entre sí. La fuerza de gravedad, ella sin saber si reír o llorar primero.

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